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Santo Domingo, Rep. Dom.– La sorpresiva decisión del Gobierno dominicano de posponer la Décima Cumbre de las Américas hasta el próximo año, basándose en «profundas divergencias» continentales y eventos climáticos, levanta serias preguntas sobre la verdadera razón detrás de esta medida. Si bien el comunicado enfatiza un «cuidadoso análisis» y un «consenso» con socios clave como Estados Unidos y organismos como la OEA y el BID, la narrativa oficial parece simplificar en exceso un complejo escenario político y logístico. La supuesta imprevisibilidad de las actuales «divergencias» es difícil de justificar, dado el ya polarizado panorama hemisférico que existía cuando República Dominicana asumió la sede en 2022.
La mención de que todos los recursos invertidos hasta ahora «servirán para el año próximo» y la coordinación logística previa con la OEA, contrastan fuertemente con la súbita necesidad de posponer. Esto sugiere que el problema podría no ser tanto la logística o la inversión, sino la viabilidad política inmediata del encuentro. ¿Se enfrentó el Gobierno a una amenaza de boicot por parte de naciones clave o a una incapacidad para asegurar la asistencia de líderes de la región, lo que habría devaluado la importancia del evento? La excusa de los «eventos climáticos» en el Caribe, aunque real, parece un argumento secundario para justificar la cancelación de una cumbre de tan alto calibre.
El texto desliza una admisión crucial: la posposición busca «ampliar el diálogo para incluir a los nuevos gobiernos democráticamente electos que surjan«. Esta frase es elocuente. Implica que el timing actual no era propicio para el anfitrión ni para sus socios, posiblemente debido a elecciones inminentes o cambios políticos esperados que podrían reconfigurar el balance de poder. ¿Estaban el Gobierno dominicano y sus aliados buscando ganar tiempo para asegurar una asistencia más favorable o un resultado político más alineado con sus intereses en 2026? Esto transforma la posposición de un «consenso» diplomático a una movida estratégica calculada.
El aplazamiento inevitablemente genera un vacío de liderazgo regional en un momento de creciente incertidumbre geopolítica. Mientras la República Dominicana reafirma su apuesta por el multilateralismo, esta acción, forzada por las circunstancias o por conveniencia política, proyecta una imagen de fragilidad en la capacidad de la región para dialogar a su más alto nivel. La Cumbre de las Américas, un foro crucial para la integración, queda en stand-by, postergando soluciones y acuerdos.
En última instancia, la posposición, aunque presentada como una decisión responsable y consensuada, huele más a una retirada táctica frente a la perspectiva de un encuentro fallido que a un mero ajuste de calendario. El verdadero desafío no está en la logística, sino en el diálogo genuino. El Gobierno dominicano ha evitado la foto del fracaso inmediato, pero ha dejado una interrogante flotando: ¿se resolverán las «profundas divergencias» continentales con un año de espera o simplemente se incrementará el riesgo de que las ausencias y los conflictos se magnifiquen en 2026?


